Un cuento corto para leer en 2.º de Primaria sobre Ramiro, el único dragón de la montaña que no sabe echar fuego. Cada vez que lo intenta, le pica la nariz y estornuda margaritas, y los demás se ríen de él. Hasta que llega un invierno en que el fuego no sirve para nada y las flores, sí. Es una historia sobre lo que pasa cuando lo que te hace distinto resulta ser justo lo que hacía falta.
Lee el cuento
En la montaña de los dragones, todos echaban fuego.
Fuego rojo, fuego naranja, fuego azul de los más viejos.
Todos menos Ramiro.
Cuando Ramiro intentaba echar fuego, le picaba la nariz.
—Aaa… aaa… ¡aaachís!
Y de su boca salían margaritas.
Los otros dragones se reían.
—¡Un dragón que estornuda flores! ¿Dónde se ha visto?
Ramiro practicaba a escondidas detrás de una roca.
Respiraba hondo, apretaba la tripa, cerraba los ojos.
—¡Aaachís!
Amapolas. Esta vez, amapolas.
Aquel invierno fue el más frío que se recordaba.
Los dragones echaban fuego para calentarse, y el fuego quemaba la poca hierba que quedaba.
Las cabras de la montaña ya no tenían qué comer.
Los pájaros no encontraban semillas.
Hasta las abejas dormían de hambre en sus colmenas.
Ramiro bajó al valle una mañana.
Miró la tierra gris y quemada.
Y estornudó. Y estornudó. Y siguió estornudando hasta que se le cansó la nariz.
Por la tarde, el valle estaba lleno de flores: margaritas, amapolas, lavanda y unas violetas que no tenían ni nombre.
Las cabras comieron. Los pájaros encontraron semillas. Las abejas se despertaron.
Los otros dragones bajaron a mirar, en silencio.
El más viejo, el del fuego azul, se acercó a Ramiro.
—Fuego sabemos echar todos —le dijo—. Lo tuyo no lo sabe hacer nadie más.
Desde entonces, cuando llega el invierno, los dragones suben a Ramiro a lo más alto de la montaña.
Y esperan, con mucho respeto, a que le pique la nariz.
Ser diferente sin que sea un problema que arreglar
Ramiro practica a escondidas detrás de una roca para ser como los demás, y cada intento le sale peor: margaritas primero, amapolas después. Es una escena que muchos niños de siete u ocho años reconocen, porque es la edad en la que empiezan a notar qué hacen distinto al resto y a intentar disimularlo.
El cuento no le pide a Ramiro que cambie ni que se acepte con un discurso. Lo que cambia es la situación: llega el invierno, el fuego quema la poca hierba que queda y sus flores dan de comer a las cabras, a los pájaros y a las abejas. La frase del dragón viejo lo resume sin sermonear: «Fuego sabemos echar todos. Lo tuyo no lo sabe hacer nadie más».
Una cadena que se puede seguir con el dedo
El final tiene una pequeña cadena de causas: sin hierba no comen las cabras, sin semillas no comen los pájaros, sin flores las abejas no despiertan. Ramiro estornuda y la cadena se arregla de golpe. Es una forma de introducir, sin nombrarla, la idea de que en la naturaleza todo depende de algo, que en segundo se trabaja en Ciencias.
Si en casa o en clase alguien pregunta por qué las abejas necesitan las flores, merece la pena contestar de verdad. El cuento ha abierto la puerta.
Para leer, escuchar y continuar
- Lectura en voz alta: los «¡aaachís!» piden teatro. Que los haga el niño.
- Escritura: «¿Qué estornudaría tu dragón?». Es una propuesta de escritura breve que a esta edad da para mucho: dragones que estornudan burbujas, nieve o espaguetis.
- Arte: el valle lleno de flores, con margaritas, amapolas, lavanda y «unas violetas que no tenían ni nombre».
Del mismo curso está «El mapa del abuelo», más tranquilo y con otro tipo de aventura. Todos los demás, ordenados por edad, en cuentos para niños.
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El dragón que estornudaba flores: cuento para 2.º
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La bruja que no daba miedo: cuento de Halloween para 3.ºIr a la ficha →← Anterior: La tortuga que quería correr: cuento corto para 1.ºPreguntas frecuentes
¿Es un cuento corto para leer en clase de 2.º en una sesión?
Sí. Leído en voz alta dura unos cinco minutos, así que deja tiempo para comentarlo o para la propuesta de escritura del dragón que estornuda otra cosa.
¿Puede servir para trabajar la autoestima?
Puede, pero funciona mejor si no se presenta así. Léelo como un cuento y deja que la conversación salga sola; a esta edad, las lecciones explícitas se escuchan menos que las historias.
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