Bruno se encuentra una llave en el suelo y se pasa una semana buscando qué abre. No abre nada. El cuento va de lo que hace cuando lo descubre, que es lo contrario de rendirse.
Lee el cuento
Bruno encontró una llave en el suelo, junto al banco de la parada.
Era pequeña, dorada y tenía tres dientes.
La limpió con la manga y se la guardó en el bolsillo.
—¿De quién es esta llave? —preguntó en casa.
—De nadie —dijo su madre—. Se le habrá caído a alguien hace mucho tiempo.
Bruno decidió averiguar qué abría.
El lunes la probó en la puerta del portal. No entró.
El martes la probó en el buzón. Tampoco.
El miércoles la probó en el candado de la bici de su hermana, en la caja de las herramientas y en un armario del pasillo que siempre estaba abierto.
Nada.
El jueves se sentó en el escalón, un poco enfadado.
—Es una llave que no abre nada —dijo en voz alta.
La vecina del primero pasó por allí con la compra.
—Todas las llaves abren algo —dijo—. Lo que pasa es que a veces la puerta ya no existe.
Bruno se quedó pensando en eso mucho rato.
Esa noche cogió una caja de zapatos.
Le hizo un agujero en un lado, del tamaño justo de la llave.
Dentro metió un cromo, una piedra con forma de corazón y un papel donde escribió: «esto es lo que guardo».
Cerró la caja con una goma y metió la llave en el agujero.
La llave giró. No abría nada, pero giró.
Y Bruno pensó que a lo mejor la vecina no tenía razón del todo.
A lo mejor, cuando una puerta ya no existe, lo que hay que hacer es construirle otra.
Al día siguiente llevó la caja al colegio.
—¿Qué guardas ahí? —le preguntó Nora.
—Cosas mías —dijo Bruno.
—¿Y esa llave abre la caja?
Bruno lo pensó un momento.
—No —dijo—. La caja la hice yo para la llave.
Nora lo miró como se mira a alguien que acaba de decir algo raro y verdadero a la vez.
—Eso está bien —dijo.
Y se fueron los dos al patio.
Una frase que se queda
«Todas las llaves abren algo. Lo que pasa es que a veces la puerta ya no existe.» La dice una vecina de pasada, sin darle importancia, y es la que hace girar el cuento. A los siete años se entiende perfectamente, aunque no se sepa explicar, y es la clase de frase que un niño repite en casa dos días después.
El final no le da la razón al adulto
Bruno acaba construyendo una caja para la llave, o sea que decide que la vecina no tenía razón del todo. Ese matiz importa: el cuento no termina con un niño aceptando lo que le dice una persona mayor, sino con un niño llevándole la contraria de una manera razonable.
Si al leerlo sale la conversación de por qué la vecina se equivocaba a medias, merece la pena tirar del hilo.
Los días de la semana como andamio
El lunes, el martes, el miércoles y el jueves no están ahí por casualidad. Son el armazón que permite seguir la historia sin perderse: cada día, un intento y un fracaso. A los siete años una estructura repetida hace que la lectura avance sola, porque el niño ya sabe qué tipo de frase viene después.
Es el mismo recurso de los cuentos tradicionales, donde todo pasa tres veces. Aquí pasa cuatro, y la cuarta es la que rompe el patrón.
Para leer del tirón
Son unas tres páginas y se lee en cinco minutos. Los días de la semana están puestos como estructura para que se pueda seguir sin perderse: lunes, martes, miércoles, jueves. Es un andamio de lectura, no un dato que haya que memorizar.
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Preguntas frecuentes
¿A qué edad va bien este cuento?
A segundo, y también a un tercero al que le cueste leer. La referencia útil no es el curso: si lee tres líneas seguidas sin pararse, le vale.
¿Hay más cuentos como este?
Sí, uno por curso, en cuentos para niños. Del mismo nivel largo está La bicicleta de nadie.
¿Y si quiero trabajarlo con preguntas?
Puedes, aunque no vienen hechas. En comprensión lectora de 2.º hay lecturas con preguntas y solucionario pensadas para eso.
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