Decidir si dos cosas son iguales o distintas parece elemental y es la operación mental que sostiene casi todo lo que viene después: clasificar, ordenar, contar, y más adelante leer y calcular.
Igual, pero ¿en qué?
Aquí está la clave del tema y lo que distingue una actividad buena de una que solo entretiene. Dos coches pueden ser iguales en color y distintos en tamaño.
Cuando se pregunta «¿son iguales?» sin más, la pregunta no tiene una respuesta buena, y el niño adivina. Cuando se pregunta «¿son iguales de color?», hay que fijarse en un criterio y olvidar los demás, que es justamente lo difícil.
Ese cambio de pregunta convierte la ficha en una actividad de atención selectiva, y eso es lo que la actividad entrena en realidad.
Empezar por una sola diferencia
Con dos objetos que se diferencian solo en una cosa, el niño la encuentra y puede nombrarla. Con objetos que cambian en tres, se satura y señala al azar.
La progresión que funciona es: una diferencia, luego dos, y solo después buscar entre varios. Los clásicos ejercicios de «busca las siete diferencias» son bastante más difíciles de lo que parecen y no son el punto de partida.
Nombrar la diferencia, no solo señalarla
Es el paso que casi nunca se pide y el que más enseña. Señalar con el dedo lo puede hacer por descarte; decir en qué se diferencian obliga a tener la palabra.
Y ahí aparece el vocabulario que hace falta: grande y pequeño, largo y corto, abierto y cerrado, lleno y vacío, los colores. Si no puede nombrarla, la diferencia se le escapa aunque la vea.
De aquí sale clasificar
Cuando ya distingue, el paso siguiente es agrupar: poner juntos los que son iguales en algo. Y lo interesante es que la misma colección admite varias clasificaciones.
Un montón de botones se puede agrupar por color, por tamaño o por número de agujeros. Pedirle que los agrupe de otra manera después de haberlo hecho una vez es un ejercicio excelente, y suele costar bastante, porque implica soltar el criterio anterior.
Qué trae la ficha
- Decidir si dos elementos son iguales o distintos.
- Encontrar la diferencia entre dos imágenes parecidas.
- Rodear el elemento que no pertenece al grupo.
- Agrupar por un criterio dado.
- Vocabulario para nombrar semejanzas y diferencias.
Cuando el criterio lo pone el niño
Hay una variante que cambia por completo la actividad: en lugar de decirle cómo agrupar, dejar que agrupe como quiera y preguntarle después por qué los ha puesto juntos.
A veces la respuesta es de manual —por color, por tamaño— y a veces es propia: «porque estos son los que me gustan», «porque estos hacen ruido». Las dos son válidas mientras haya un criterio y se aplique a todos.
Lo que se está comprobando no es si acierta, sino si ha usado la misma regla para todo el grupo. Y esa es exactamente la habilidad que después hace falta para clasificar en Primaria.
Un juego que no necesita nada
El de «veo veo» con criterios: pensar en un objeto de la clase y que adivinen cuál es preguntando solo por características. ¿Es grande? ¿Es rojo? ¿Es de madera?
Obliga a comparar, a descartar y a nombrar propiedades, que son las tres cosas del tema, y se puede jugar en cualquier hueco de cinco minutos sin preparar nada.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué no vale preguntar solo «¿son iguales?»?
Porque dos cosas pueden ser iguales en color y distintas en tamaño. Hay que decir en qué, y así el niño aprende a fijarse en un criterio.
¿Se empieza con las siete diferencias?
No. Se empieza con una sola diferencia, luego dos. Los ejercicios de buscar varias son más difíciles de lo que parecen.
¿Por qué pedirle que la nombre?
Porque señalar se puede hacer por descarte. Nombrarla obliga a tener la palabra, y sin palabra la diferencia se le escapa.
¿Qué viene después de igual y diferente?
Clasificar. Y lo interesante es que la misma colección admite varios criterios: agrupar botones por color y luego por tamaño cuesta bastante.
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El resto de fichas de la etapa está en Educación Infantil, y hay actividades de atención en esta sección.
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