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La carta con veinte años de retraso: cuento 5.º

Portada del cuento La carta con veinte años de retraso, lectura para 5.º de Primaria
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Llega una carta con veinte años de retraso, dirigida a alguien que ya no vive en esa casa. Carla podría no hacer nada. Lo que hace, sin ser gran cosa, cambia el final de una historia que ni siquiera es suya.

Lee el cuento

La carta llegó un martes, dentro de un sobre amarillento que el cartero dejó en el buzón sin darle ninguna importancia.

Iba dirigida a «Elena Vidal, calle Mayor 14, 3.º B». Ese era el piso de Carla, pero Elena Vidal no vivía allí.

Lo curioso no era el nombre. Lo curioso era el matasellos: 14 de junio, y el año, veinte años antes.

—Se habrá quedado atascada en algún sitio —dijo el padre de Carla—. Pasa. En las oficinas de correos antiguas aparecían cartas detrás de los muebles.

—¿Y qué hacemos?

—Nada. Ya no hay nada que hacer.

Carla no estuvo de acuerdo con eso.

Esa tarde bajó a preguntar a la portera, que llevaba en el edificio desde antes de que ella naciera.

—Elena Vidal —repitió la portera despacio, como quien busca en un cajón muy hondo—. Sí. Vivió aquí de pequeña. Se fueron… uf, hará veinte años largos. La madre era maestra.

—¿Sabe dónde están?

—Ni idea, hija. Ni idea.

Carla podría haberlo dejado ahí. Casi lo deja.

Pero esa noche puso el sobre encima de la mesa y lo estuvo mirando un buen rato, con esa sensación incómoda de tener algo en las manos que pertenece a otro.

Al día siguiente probó en el colegio.

La secretaria le dijo que no podía darle datos de antiguos alumnos, y tenía razón.

Pero le dijo otra cosa: que en el archivo estaban todas las orlas desde los años ochenta, colgadas en el pasillo de dirección, y que mirarlas no se lo prohibía nadie.

Carla las miró una por una hasta que la encontró.

Elena Vidal, tercera fila, con dos coletas y cara de estar aguantándose la risa.

Y a su lado, en la misma orla, un nombre que Carla conocía perfectamente: Marta Sanz, que era la madre de su mejor amiga.

Marta tardó en acordarse y después se acordó de golpe.

—¡Elena! Claro que sí. Se fue a mitad de curso, en junio. Su padre cambió de trabajo. Nos prometimos escribirnos y no nos escribimos nunca.

—¿Nunca?

Marta se quedó callada un segundo más de la cuenta.

—Yo le escribí una carta —dijo—. Justo antes de que se fuera, y la eché al buzón el mismo día de la mudanza. Como no me contestó, pensé que había pasado de mí. Y me dolió bastante, la verdad. Diecinueve años tenía yo cuando dejé de pensar en aquello.

Carla dejó el sobre encima de la mesa, con el matasellos hacia arriba.

14 de junio.

Marta lo miró sin tocarlo durante un rato largo.

—Es mi letra —dijo por fin.

Encontrar a Elena Vidal, veinte años después, resultó ser lo más fácil de toda la historia: tres minutos y un buscador.

Vivía en Girona, tenía una consulta de veterinaria y en la foto seguía teniendo la misma cara de estar aguantándose la risa.

Le escribieron un correo explicándolo todo, con una foto de la carta cerrada, y pidiéndole permiso para hacer lo único que quedaba por hacer.

Elena contestó a las dos horas. Solo puso: «ábrela y léemela por teléfono, por favor».

La carta tenía cuatro líneas, escritas con bolígrafo azul y con una falta de ortografía que a Marta le dio muchísima vergüenza.

Decía que la iba a echar de menos, que le mandara su dirección nueva en cuanto la supiera, y que no se olvidara de que le debía un cromo.

Elena estuvo mucho rato sin decir nada al otro lado del teléfono.

Después dijo, con la voz un poco rara:

—Todavía lo tengo. El cromo. Nunca te lo di.

Carla no sabe muy bien qué hizo aquella tarde.

No escribió la carta, no la perdió, no la encontró siquiera: se limitó a no tirarla.

Pero a veces piensa que eso, sin ser gran cosa, fue justo lo que hacía falta.

El malentendido que dura veinte años

Marta creyó que su amiga había pasado de ella. Elena creyó que Marta nunca le escribió. Las dos tenían razón desde donde estaban, y las dos estaban equivocadas. Ese tipo de malentendido —donde nadie miente y nadie se porta mal— es más difícil de contar que un conflicto normal, y a los diez años ya se entiende perfectamente.

Merece la pena preguntar, si sale la conversación, en qué momento se podría haber arreglado. La respuesta incómoda es que casi en cualquiera, con una llamada.

Lo que hace Carla es no tirar un papel

Es importante que el mérito sea tan pequeño. Carla no resuelve nada heroico: pregunta a la portera, mira unas orlas y no tira el sobre. El cuento evita a propósito el final de «la niña lo soluciona todo», porque lo interesante es justo lo contrario, que gestos mínimos a veces tienen consecuencias grandes.

El cromo

Toda la historia se apoya en una carta que, cuando por fin se abre, resulta tener cuatro líneas y una falta de ortografía. No hay ninguna revelación. El único detalle que importa es un cromo que nunca se entregó y que la otra sigue teniendo veinte años después.

Los lectores de quinto suelen esperar algo más espectacular dentro del sobre, y esa expectativa fallida es parte del efecto.

Para leerlo en dos ratos

Son unas 700 palabras y tiene dos partes que se separan solas: la carta que aparece y la búsqueda. Si se lee en clase, cortar justo cuando Carla encuentra la orla funciona muy bien, porque ahí es donde más ganas hay de seguir.

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La carta con veinte años de retraso: cuento 5.º

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Preguntas frecuentes

¿No es un tema demasiado adulto para 5.º?

El malentendido lo protagonizan adultos, pero quien lo resuelve y quien lo cuenta es una niña, y esa es la mirada desde la que se lee. La experiencia de creer que alguien ha pasado de ti es de todas las edades.

¿Se puede usar para trabajar la carta como tipo de texto?

Sí, encaja bien. Para eso están también las lecturas de 5.º, donde hay textos epistolares con preguntas y solucionario.

¿Hay más cuentos de este nivel?

El de sexto, El vecino del cuarto, va de algo parecido: una historia que alguien se cuenta a sí mismo y resulta ser falsa.

Maestro Mateo
Escrito por
Maestro de Educación Primaria con la especialidad de Inglés y más de quince años de aula. En Refuerzo Educativo se ocupa del material de idiomas y de la parte de evaluación: pruebas iniciales, solucionarios y hojas de registro.

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