En 2.º los problemas dejan de ser cuentas disfrazadas. Un niño que suma y resta perfectamente puede fallarlos todos, y no por las matemáticas: el obstáculo es la lectura.
La pregunta se lee primero
Es el hábito que más cambia los resultados a esta edad. Leer primero la pregunta y después el enunciado hace que se lea buscando algo, en lugar de leer y luego ver qué toca.
Cuesta un par de semanas instalarlo y después se queda. Y sirve igual en 6.º y en un examen de Sociales.
Las palabras no deciden la operación
Circula un atajo muy extendido: «en total» es sumar, «quedan» es restar. Funciona los primeros meses y luego se vuelve en contra.
Basta un enunciado como «tenía 12 cromos, ahora tiene 5, ¿cuántos ha perdido?» para que el atajo falle: no aparece ninguna palabra clave y hay que restar. La operación se decide por lo que pasa en la historia, no por una palabra suelta.
Un truco que sí funciona a los siete años: preguntar si al final habrá más o menos que al principio. Con eso solo se acierta la mayoría.
Qué trae la ficha
- Problemas de una sola operación con números hasta el 99.
- Espacio para escribir los datos antes de operar.
- Enunciados sin palabras clave, para que decidan por el sentido.
- Escribir la respuesta en una frase completa, no solo el número.
- Un problema para inventar ellos a partir de un dibujo.
Sobre la frase final
Obligar a responder «le quedan 7 cromos» en lugar de «7» parece un formalismo y no lo es: al escribir la frase se dan cuenta solos cuando el resultado no tiene sentido. Es la primera forma de comprobación que pueden hacer sin ayuda.
Inventar el problema al revés
Es el ejercicio que más enseña y el que menos se usa. En lugar de dar el enunciado y pedir la cuenta, se da la cuenta y se pide el enunciado: «esta es la operación, 7 − 3 = 4. Inventármela».
Para escribir la historia hay que entender qué significa restar, y ahí se ve enseguida quién lo ha entendido: quien inventa «tenía 7 cromos y perdí 3» lo tiene claro; quien escribe «siete menos tres» con otras palabras, todavía no.
Además salen problemas mejores de lo esperado, porque los escriben sobre cosas suyas, y luego se los pueden pasar entre ellos para resolverlos.
Los datos que sobran
A partir de mitad de curso conviene meter algún enunciado con un dato de más: «En la clase hay 22 niños. Han traído 15 cuentos y se han leído 9. ¿Cuántos quedan por leer?».
El 22 no pinta nada, y sin embargo mucha gente lo mete en la cuenta. No es despiste: es que están acostumbrados a que todos los números del enunciado hagan falta, y en la vida real no es así.
Basta con hacerlo dos o tres veces para que empiecen a preguntarse qué datos necesitan de verdad, que es justo lo que se busca.
Leer el problema antes de calcular
En 2.º casi ningún fallo es de cálculo: es de haber elegido la operación equivocada. Y eso se corrige con un orden fijo:
- Leer el problema entero, sin coger el lápiz.
- Decir con tus palabras qué está pasando.
- Decidir si el resultado será mayor o menor que lo que había.
- Y entonces sí, calcular.
El tercer paso es el que decide la operación sin necesidad de buscar palabras clave. Si al final hay más, se suma; si hay menos, se resta.
Conviene desconfiar del truco de las palabras clave —«en total» suma, «quedan» resta—, porque funciona en los problemas fáciles y falla justo en los difíciles: «Le he dado 3 y ahora tengo 7, ¿cuántos tenía?» lleva «dado» y se resuelve sumando.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué falla problemas si suma y resta bien?
Porque el obstáculo suele ser la lectura, no el cálculo. Entiende los números y no entiende qué le están preguntando.
¿Sirve el truco de las palabras clave?
Solo al principio. «Tenía 12 cromos, ahora tiene 5, ¿cuántos ha perdido?» no lleva ninguna palabra clave y hay que restar.
¿Qué pregunta ayuda a los siete años?
Si al final habrá más o menos que al principio. Con eso solo se acierta la operación la mayoría de las veces.
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