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El vecino del cuarto: cuento de 6.º en PDF

Portada del cuento El vecino del cuarto, lectura para 6.º de Primaria
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Hugo tiene tres pruebas de que el vecino del cuarto le tiene manía, y con eso cualquiera saca una conclusión. La saca. Y tarda dos años en descubrir que las tres pruebas eran verdad y la conclusión, falsa.

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Durante casi dos años, Hugo estuvo convencido de que el vecino del cuarto le tenía manía.

Las pruebas eran abrumadoras.

Uno: nunca le devolvía el saludo en el ascensor. Ni una vez. Hugo decía «buenos días» y el hombre miraba los botones como si estuviera calculando algo muy difícil.

Dos: golpeaba el techo. No siempre, pero lo hacía. Tres golpes secos, normalmente por la tarde, cuando Hugo estaba en su cuarto.

Tres: una vez, en el portal, Hugo le sujetó la puerta y el hombre pasó sin mirarlo y sin dar las gracias.

Con eso cualquiera saca una conclusión, y Hugo la sacó.

Le contó lo del techo a su madre, que le dijo que bajara la música. Se lo contó a su amigo Óscar, que le dijo que golpeara él primero, para tocarle las narices. Se lo contó a su abuelo, que no dijo nada y se quedó pensando, que era lo que hacía siempre en vez de contestar.

La cosa cambió un jueves de marzo, y no cambió porque Hugo hiciera nada especial.

Cambió porque se estropeó el ascensor.

El aviso llevaba dos días colgado en el portal, y Hugo subía los cuatro pisos de dos en dos sin darle importancia.

Al llegar al tercero oyó un ruido raro en el rellano de arriba y subió a mirar.

El vecino del cuarto estaba sentado en el escalón, con dos bolsas de la compra a los lados y la respiración muy alta.

—¿Está bien? —preguntó Hugo.

El hombre no contestó.

Hugo repitió la pregunta más alto, y entonces el hombre levantó la cabeza, lo miró a la cara y dijo, muy despacio:

—Perdona. No te oigo. Tengo que verte hablar.

Hugo tardó unos segundos en entenderlo, y cuando lo entendió sintió algo bastante parecido a la vergüenza.

Le subió las bolsas.

En la puerta, mientras el hombre buscaba las llaves, Hugo le preguntó, esta vez mirándolo de frente y vocalizando:

—¿Por qué golpea usted el techo?

El vecino se rio, y fue la primera vez que Hugo le veía la risa.

—El techo no. El suelo. Tu techo es mi suelo.

—Ya, pero ¿por qué?

—Porque tengo el aparato viejo y a veces pita. Se llama acople. Cuando pita, doy tres golpes en el suelo con el bastón, para que la de abajo, tu madre, sepa que soy yo y no una obra. Se lo dije hace años. A lo mejor se le olvidó.

Hugo hizo la cuenta mentalmente: dos años, tres pruebas, una conclusión, y todas falsas.

Lo del ascensor no era mala educación: era que no oía el saludo.

Lo del techo no era una queja: era un aviso.

Lo de la puerta del portal tampoco había sido desprecio.

—¿Y por qué no me lo dijo? —preguntó Hugo.

—Porque nunca me preguntaste nada —dijo el vecino—. Me saludabas de espaldas. Y de espaldas yo no sé si me estás hablando a mí o al móvil.

Aquella noche Hugo se lo contó a su abuelo, que siguió sin decir gran cosa, como siempre, pero que al final soltó una frase que Hugo recuerda todavía:

—Casi todas las historias que nos contamos de los demás las escribimos nosotros solos. Y encima las damos por buenas sin comprobarlas.

El ascensor lo arreglaron el lunes.

Hugo sigue subiendo con el vecino de vez en cuando, y ahora, antes de decir nada, espera a que el hombre lo mire.

No es gran cosa, un segundo de espera.

Pero en ese segundo caben dos años de historia equivocada.

Un cuento construido como un caso

La estructura es deliberada: primero las pruebas numeradas, después la conclusión, después el desmontaje una por una. Está escrito así porque a los once años ya se puede leer un texto que argumenta, y no solo uno que narra.

El lector, además, va sacando la misma conclusión que Hugo mientras lee. Eso es lo que hace que el giro funcione: no es un fallo del protagonista, es un fallo compartido.

La sordera no se anuncia

En ningún momento se dice antes de tiempo que el vecino no oye. Se ve en su conducta —mira los botones, no contesta, pasa de largo— y esa conducta es exactamente la misma que produciría la antipatía. Ahí está el asunto del cuento: dos causas muy distintas dan el mismo comportamiento visible.

Conviene no adelantarlo al presentar la lectura. Si se cuenta antes, el cuento pierde justo lo que tiene.

La frase del abuelo

«Casi todas las historias que nos contamos de los demás las escribimos nosotros solos. Y encima las damos por buenas sin comprobarlas.» Es la única frase abiertamente moral del texto, y está puesta en boca de alguien que en todo el cuento no ha dicho nada. Por eso pesa.

Si se trabaja en clase, funciona muy bien pedir un ejemplo propio: casi todo el mundo tiene uno, y muchos son recientes.

Un detalle que suele pasar desapercibido

El vecino explica que ya avisó de lo de los golpes hace años, y que «a lo mejor se le olvidó» a la madre. O sea que la información existía en la casa y se perdió por el camino. No es culpa de nadie en particular, y por eso el cuento no reparte culpas.

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Preguntas frecuentes

¿Sirve para hablar de discapacidad auditiva en clase?

Puede servir de entrada, aunque el cuento no va de eso: va de sacar conclusiones sin comprobarlas. Material específico de inclusión hay en la sección de inclusión.

¿Es apto para 1.º de la ESO?

Sí. Es el más exigente de la serie y aguanta perfectamente el primer curso de Secundaria, sobre todo por la estructura de argumento y desmontaje.

¿Dónde están los otros cuentos?

En cuentos para niños. El de quinto, La carta con veinte años de retraso, trata un malentendido parecido desde otro ángulo.

Maestro Mateo
Escrito por
Maestro de Educación Primaria con la especialidad de Inglés y más de quince años de aula. En Refuerzo Educativo se ocupa del material de idiomas y de la parte de evaluación: pruebas iniciales, solucionarios y hojas de registro.

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