Una clase se propone estar diez minutos callada, con una condición: apuntar todo lo que se oiga. Lo que aparece en esas listas es lo que hace el cuento.
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La idea fue de Samuel, y al principio a nadie le pareció gran cosa.
—Un concurso de silencio —dijo—. El que aguante más callado, gana.
—Eso es un castigo, no un concurso —protestó Aitana.
—Depende —dijo Samuel—. Un castigo te lo ponen. Esto lo elegimos nosotros.
La maestra los dejó probar el viernes a última hora, que era cuando la clase se caía a pedazos de todas formas.
—Diez minutos —dijo—. Y con una condición: mientras estéis callados, apuntáis lo que oís.
A Samuel eso le pareció trampa. A Aitana, lo único interesante.
Los primeros dos minutos fueron un desastre.
Dani se rio sin motivo y contagió a media fila. Alguien tiró un estuche. La silla de Nerea chirrió tres veces seguidas y las tres provocaron risas.
Al tercer minuto, la clase se quedó quieta de verdad.
Y entonces empezaron a aparecer cosas.
Primero, lo evidente: el reloj de la pared, que hacía un clic seco cada segundo y que llevaba allí cuatro años sin que nadie lo hubiera oído nunca.
Después, el zumbido de los fluorescentes, un runrún bajo y constante, como una mosca lejana que no se acerca ni se va.
Luego, el patio de los pequeños, dos pisos más abajo, con ese ruido de agua que hacen setenta niños jugando cuando los oyes desde lejos.
Un coche frenando en la calle de atrás.
Una puerta en el pasillo.
Alguien arrastrando una mesa en el aula de arriba.
La respiración de Dani, que estaba resfriado.
Y al octavo minuto, algo que nadie supo identificar: un golpeteo suave, rítmico, muy cerca.
Aitana miró alrededor buscándolo y tardó en darse cuenta de que era su propio lápiz, que ella movía sin enterarse contra el borde de la mesa.
Dejó de moverlo. El golpeteo paró.
Lo volvió a mover. Volvió.
Escribió en su hoja: «hago ruido y no lo sabía».
Cuando la maestra dijo que se habían acabado los diez minutos, nadie se movió durante unos segundos.
Después leyeron las listas en voz alta.
Ganó Nerea, que había apuntado diecinueve sonidos, entre ellos uno que nadie más había oído: un pájaro en el canalón, justo encima de la ventana.
—¿Y quién ha ganado el concurso de silencio? —preguntó Samuel—. Digo el de estar callado.
—Ese lo hemos ganado todos —dijo la maestra—. Pero el bueno era el otro.
El lunes siguiente, sin que nadie lo propusiera, la clase volvió a hacerlo.
Y el otro lunes también.
Diez minutos, una hoja y un lápiz que ya no golpeaba la mesa.
Aitana llegó a apuntar veintidós sonidos, pero eso no fue lo que le pareció importante.
Lo que le pareció importante fue darse cuenta de que todos aquellos ruidos llevaban allí desde septiembre.
No habían aparecido. Habían estado siempre.
Lo único que había cambiado era que por fin alguien se había callado lo suficiente para oírlos.
La distinción que abre la historia
«Un castigo te lo ponen. Esto lo elegimos nosotros.» Es la primera frase con peso y coloca al lector en el sitio correcto: lo que va a pasar no es una imposición de la maestra, es un juego que sale de la clase.
A los nueve años esa diferencia se nota mucho en la práctica, y no está de más que alguien la nombre en voz alta.
El lápiz de Aitana
De todos los sonidos de la lista, el que importa es el que ella misma estaba produciendo sin enterarse. Es un giro pequeño y es el corazón del cuento: no se trata solo de oír más, se trata de darse cuenta de lo que uno mismo aporta al ruido.
«Hago ruido y no lo sabía» es una frase que se puede aplicar a bastantes cosas además del lápiz, y algunos lectores lo ven solos.
Se puede hacer de verdad
Este cuento tiene la ventaja de que la actividad que describe funciona tal cual en un aula real. Diez minutos, una hoja, un lápiz y la instrucción de apuntar lo que se oiga. Sale mejor a última hora que a primera, y casi siempre aparece algún sonido que nadie había oído en todo el curso.
No hace falta convertirlo en tarea ni pedir la lista después. La lista es del que la escribe.
Por qué el final no cierra del todo
El cuento termina con una idea, no con un premio: los ruidos llevaban ahí desde septiembre y lo único que ha cambiado es quién estaba escuchando. Es un final tranquilo, sin moraleja explícita, y funciona mejor así.
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Preguntas frecuentes
¿Es un cuento para trabajar la atención?
Se puede usar así, aunque no está escrito como material didáctico. Si buscas ejercicios de atención, están en atención y funciones ejecutivas.
¿Va bien para 5.º?
Sí. Es de los que aguantan bien un curso arriba, porque lo que sostiene el interés no es el vocabulario sino la idea.
¿Dónde están los demás cuentos?
En cuentos para niños, uno por curso, todos para leer sin preguntas detrás.
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