Ana tiene cinco galletas y su hermano Leo tiene tres. Van a merendar juntos y quieren repartirlas todas. Es una prueba competencial de 1.º de Primaria, y detrás de esas dos frases hay una idea que a los seis años no es nada evidente: repartir no es que cada uno se coma lo suyo.
La situación planteada
Ana tiene una bolsa con 5 galletas y su hermano Leo tiene 3 galletas. Quieren merendar juntos y repartir todas las galletas.
Primero se juntan, luego se reparten
Casi todos los niños de seis años responden lo mismo la primera vez: Ana cinco y Leo tres, que es lo que ya tenían. Y no es que se equivoquen al contar; es que no han entendido qué se les pide.
Repartir son dos movimientos, y el primero es el que se salta:
- Juntar todo: 5 + 3 = 8 galletas encima de la mesa.
- Repartir en dos partes iguales: 4 para cada uno.
En 1.º el segundo paso no se hace dividiendo —la división no toca hasta mucho después—, se hace repartiendo de una en una: una para ti, una para mí, una para ti… hasta que no queda ninguna. Y después se cuenta cada montón. Ese gesto, hecho con las manos, es la división, aunque todavía no se llame así.
Ana da una galleta
Hay un detalle que conviene hacer visible porque a esta edad lo cambia todo: si Ana tenía cinco y acaba con cuatro, y Leo tenía tres y acaba con cuatro, lo que ha ocurrido es que Ana le ha dado una galleta a Leo. Una sola.
Preguntarlo así —«¿cuántas galletas han cambiado de mano?»— convierte un resultado abstracto en algo que se puede ver. Y suele deshacer la resistencia: repartir suena a perder mucho, y resulta que era una.
Con galletas de verdad, no con dibujos
Esta ficha pide manipular. En 1.º el material concreto no es una ayuda para los que van flojos: es la forma correcta de aprenderlo, y saltarse ese paso es lo que produce niños que en 4.º hacen divisiones sin saber qué están haciendo.
Sirve cualquier cosa que se pueda tocar y contar: galletas, garbanzos, tapones, piezas de construcción. Primero se reparte de verdad, luego se dibuja lo que ha pasado y solo al final se escriben los números. En ese orden.
Y una variante que conviene probar después, porque prepara para lo que viene: repartir siete galletas entre dos. No sale, y lo interesante es preguntar qué hacemos con la que sobra. Ahí aparece el resto, y aparece también la mitad, las dos por la puerta de atrás.
¿Es justo?
Merece la pena dejar un minuto para esta conversación, porque los niños la sacan solos: Ana tenía más y acaba igual que su hermano. ¿Eso está bien?
No hay respuesta única y no hace falta darla. Lo que se puede señalar es que en el enunciado lo han decidido ellos dos: querían merendar juntos y repartir todas las galletas. Repartir a partes iguales es una manera de repartir, no la única, y funciona porque las dos personas están de acuerdo. A los seis años esa idea —que un reparto se acuerda— vale por sí sola lo que dura la merienda.
Cómo saber si lo ha entendido
En 1.º el resultado correcto no demuestra gran cosa: cuatro y cuatro se puede acertar por casualidad, porque solo hay unas pocas respuestas posibles. Lo que sí lo demuestra es pedirle que lo explique con las manos.
Tres señales de que la idea está hecha: junta las galletas antes de repartir, reparte de una en una alternando entre los dos montones, y al terminar cuenta cada montón para comprobar que son iguales. Si hace las tres cosas, ha entendido lo que es repartir aunque no sepa escribirlo.
Y una señal de que no: si separa cinco por un lado y tres por otro y dice que ya está. Ahí no hay que corregir el número, hay que volver a la frase del enunciado —quieren repartirlas todas— y leerla juntos otra vez.
Cuando el reparto no sale exacto
La prueba termina con una vuelta de tuerca: llega una prima y hay que repartir las ocho galletas entre tres. No se puede a partes iguales. Tocan dos a cada uno y sobran dos.
Aceptar que hay repartos que no salen redondos es el primer paso hacia la división con resto, y a los seis años se entiende infinitamente mejor con comida delante que con números. Además obliga a decidir qué hacer con las que sobran, y ahí no hay respuesta correcta: partirlas, guardarlas, dárselas a quien menos tenía. Lo único que se valora es que la idea sea justa para los tres.
Conviene hacerlo de verdad con galletas, uvas o gajos de mandarina. Repartir con las manos y quedarse con dos sin colocar es una imagen que se recuerda, y es exactamente la que hará falta dentro de dos cursos, cuando aparezca la palabra resto.
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Preguntas frecuentes
¿Para qué curso es?
1.º de Primaria. Se necesita sumar hasta diez y saber repartir en dos partes iguales con objetos. En Infantil funciona igual haciendo el reparto sin escribir nada.
¿Hay que saber dividir?
No. La división no se estudia en 1.º y esta ficha no la pide: se resuelve repartiendo de una en una y contando después. Justamente por eso es una buena preparación.
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