Este cuaderno de TDAH parte de algo que conviene decir sin rodeos: la atención no se entrena como un músculo. Lo que sí se puede enseñar son las funciones ejecutivas —pararse antes de empezar, ordenar los pasos y comprobar al final— y de eso van las dieciocho actividades.
Terminar importa más que acertar
Cada bloque dura cinco minutos y cabe entero en una página. No es una limitación de diseño: es el objetivo. Un niño con TDAH acumula muchísimas tareas empezadas y muy pocas acabadas, y esa colección de cosas a medias pesa más en su idea de sí mismo que cualquier error concreto.
Veinte segundos que cambian el resultado
Antes de cada bloque, el cuaderno pide decir en voz alta tres cosas: qué hay que hacer, cuántos ejercicios son y qué se hará al terminar. Se llama autoinstrucción y suena a poco.
Lo que consigue es sustituir el arranque en frío —que es donde se atasca casi todo— por un guion. Y funciona mejor dicho en voz alta que pensado, aunque dé algo de vergüenza las primeras veces.
Contar hasta tres antes de responder
El segundo bloque no mide cálculo aunque lo parezca. Mide impulsividad. Hay una pregunta que dice «¿cuál es más grande, 18 o 81?» y otra que pregunta cuántos caramelos quedan si tienes siete y te comes siete.
Quien responde deprisa falla las dos, y no por no saber. Verlo por escrito, en su propia letra, convence mucho más que oírlo veinte veces.
Una tarea grande no se empieza: se parte
«Ordena tu cuarto» no es una instrucción, es un muro. El tercer bloque entrena partir tareas en pasos pequeños y decidir por cuál empezar, que es exactamente lo que un niño con TDAH no hace solo.
Hay un ejercicio que pregunta qué harías primero con diez minutos: leer veinte páginas o buscar el libro que has perdido. Sin el libro no se puede hacer lo otro, y darse cuenta de eso es planificar.
El paso que más nota recupera
Comprobar. No rehacer la tarea, sino mirar tres cosas concretas: que no falte ningún número, que se hayan usado los datos subrayados y que no haya huecos en blanco. Es el paso que más se salta y el que más resultados devuelve.
Por qué no hay premios en el cuaderno
Ni pegatinas, ni caritas, ni puntos. Los sistemas de recompensa funcionan mientras están y dejan de funcionar en cuanto se retiran, y lo que buscamos aquí es que el alumno tenga un procedimiento propio que pueda usar cuando no haya nadie mirando.
Lo que sí hay es un registro: cuántos ejercicios ha hecho, cuántos ha fallado, qué bloque le ha costado más. Contar sin juzgar es lo que permite ver una mejora que de otro modo pasa desapercibida.
El momento del día importa más de lo que parece
Después de merendar y antes de los deberes, no después. Un niño con TDAH que llega al cuaderno con hora y media de tarea encima ya no tiene disponible lo que estas actividades le piden, que es precisamente autocontrol.
Y siempre en el mismo sitio, con la mesa despejada. No por orden estético: cada objeto a la vista es una decisión más que hay que tomar y descartar.
Preguntas frecuentes
¿Este cuaderno de TDAH sirve sin diagnóstico?
Sí. Todo lo que propone —planificar, pararse antes de responder, comprobar— es útil para cualquier alumno. Lo que cambia con diagnóstico son las medidas que puede pedir la familia en el colegio.
¿Por qué las tareas son tan cortas?
Porque están calibradas para poder acabarse. Una ficha de treinta ejercicios se abandona en el diez, y esa es la experiencia que conviene romper.
¿Y si no quiere hacer nada?
Suele ser problema de arranque, no de voluntad. Ayuda dejar el primer paso ya hecho: el cuaderno abierto por la página, el lápiz encima. Empezar es lo caro; seguir, mucho menos.
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Cuaderno de TDAH: funciones ejecutivas en tareas de cinco minutos
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